María Elena Walsh

 

 

   
 

 

 
 

 

 

 
 

 

 
 

 

 

 

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Balada de Julián Cardoso

(María Elena Walsh)

Allá va Julián Cardoso,
padre tierno, fiel esposo,
siete hijos y muy buen pasar.
Pinta recia, edad madura,
defensor de la censura
y piadoso como sacristán.

Una noche sin esfuerzo
para el coche y le hace el verso
sobre mística de la mujer
a una frágil criatura
que por coincidencia pura
anda por la calle Santa Fe.

El versículo divino
“Dad posada al peregrino”
pone en práctica en un santiamén
y le ofrece alojamiento
de un ambiente en un convento
cuyo sésamo conoce bien.

Hace frío en esa trapa
y él le ofrece media capa
imitando a San Martín de Tours.
Entre copas y sonrisas
a la nena catequiza
con ascética solicitud.

Sepan gentes mal pensadas
que guardo bajo la almohada
un devocionario japonés.
Si la niña guerra quiere
se la da entre misereres
persignándose antes y después.

La novicia se percata
que arde tanto la fogata
cotidiana de la devoción
que a pesar de los manuales
de liturgias orientales
la cocina de humo le llenó.

Preocupada le confiesa
que gracias a él empieza
a tener mucha vida interior.
Pide ayuda decidida
para drástica medida
y él coopera dándole un sermón.

–“Si hay un ángel en camino
es tu culpa, yo argentino,
respeté las fiestas de guardar;
pero vos sí que has pecado
por no haber memorizado
los capítulos del santoral;

oigo absorto tu pedido
pues ni hebreo ni dormido
en Herodes me convertirás.”
Y cerrando el alegato
igual que Poncio Pilatos
a retiro espiritual se va.

Julián salta por baranda
y a la nena deja en banda
con membrete mas sin dirección.
Su misión está cumplida
pues la deja convertida
y no a medias: convertida en dos.

Allá va Julián Cardoso
regresando presuroso
como siempre al seno familiar.
Su mujer después de misa
beneficios organiza
para huerfanitos sin hogar.

Callen, callen las trompetas,
no publiquen indiscretas
obras de arte sacro sin firmar.
Todo está como era entonces:
son de piedra, son de bronce
los pilares de la sociedad.

 

 

 

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