María Elena Walsh

 

 

   
 

 

 
 

 

 

 
 

 

 
 

 

 

 

Los hermafroditas

Los marineros de España

Madrigal blanco

Magoya

Manubrio azul

Manuelita la tortuga

Marcha de Osías

Marcha del Rey Bombo

Martín el Pescador y el Delfín Domador

Mediodía

Milonga de las invasiones

Milonga del hornero

Miranda y Mirón

Mis ganas

Nada más

Necrológica

No mires fotografías

Oración a la justicia

Orquesta de señoritas

Paisaje de elegía

Palomas de la ciudad

Para los demás

Paraísos

Plegaria desvelada

Postal de guerra

Queda tan lejos

¿Quién?

Réquiem de madre

Sábana y mantel

Sapo Fierro

Serenata para la tierra de uno

Si se muere la zamba

Sin señal de adiós

Sonríe: El Diablo te ama

Soy jardinero

Taximetrero

Tema del angelito

The kana

Tralalá de Nochebuena

Trínguiti Tránguiti

Twist del Mono Liso

Vals del diccionario

Vals municipal

Vidalita de los Reyes

Vidalita porteña

Viento sur

Zamba de los días

Zamba del niñito

Zamba para Pepe

 

Martín el Pescador y el Delfín Domador

(María Elena Walsh)

Había una vez un pescador que, como todos los pescadores, se llamaba Martín. Pescaba unos peces que, como todos los peces, andaban haciendo firuletes bajo el agua.
Y el agua era de mar, de un mar que, como todos los mares, estaba lleno de olas.
Unas olas que, como todas las olas, se empujaban unas a otras diciendo patatrún, patatrún, patatrún.
Un día Martín arrojó el anzuelo y, ¡zápate!, sintió que había picado un pez muy grande. Trató de enrollar el hilo, pero el pez era fuerte y tironeaba como un camión. Tanto, tanto tironeó que arrastró a Martín por la arena de la playa. Pero Martín era muy cabeza dura. No iba a dejarse pescar así nomás, y mucho menos por un pez. De modo que con una mano se sujetó el gorro y con la otra siguió prendido de su caña.
Cuando Martín quiso acordar, ya estaba metido en el agua, arrastrado a toda velocidad hacia el fondo del mar.
–¡Qué raro!, dijo Martín, yo debería tener miedo, y sin embargo este paseo me gusta... y lo más gracioso es que no me ahogo... Lo que sucede es que, de tanto pescar, estoy “pescadizado” y puedo respirar bajo el agua.
Así pensaba cuando de pronto, ¡zápate!, su vehículo se detuvo en seco. Es decir, no tan en seco porque el mar está siempre bien mojado.
–Parece que hemos llegado, pero ¿adónde?, se preguntaba Martín muerto de curiosidad.
Había llegado a una enorme gruta llena de peces de colores que tocaban el saxofón, de langostinos vestidos de payasos, de pulpos con bonete y otras cosas rarísimas y marítimas.
Sobre la gruta había un gran cartel escrito en pescadés, que decía:

“Gran Circo del Delfín Pirulín.”

–¡Esto sí que está bueno!, pensó Martín, ¡un circo en el fondo del mar!
Inmediatamente llegaron un montón de pescadotes y arrastraron a Martín hasta la pista, en el fondo de la gruta.
Y un tiburón vestido de locutor anunció:
–¡Pasen señores, pasen a ver la maravilla del siglo, pasen a ver el fenómeno! ¡Por primera vez, en el fondo del mar, un auténtico Martín Pescador pescado! ¡Pasen, señores, y vean como el gran Delfín Domador Pirulín va a domar a este pescador salvaje!
–Eso sí que no, protestó Martín, yo quiero ver la función pero a mí no me doma nadie.
Los peces pekineses, los langostinos finos, los camarones cimarrones, el pulpo con la señora pulpa y los pulpitos, todos hicieron cola para sacar entradas y ver al fenómeno.
A Martín, claro, no le gustaba que lo miraran con ojos de pez, y forcejeaba para escaparse, pero dos enormes tiburones disfrazados de mamarrachos lo agarraron con sus aletas y no lo dejaron ni respirar, a pesar de que Martín respiraba bastante bien bajo el agua.
Por fin, entre grandes aplausos, entró el Domador, un Delfín gordo como tres buzones, con chaqueta colorada, charreteras de alga y botones de nácar.
Martín ya estaba enfurecido, y el Delfín se disponía a domarlo nada más que con una ballenita para cuellos de camisa, porque en el mar no hay sillas. Y no hay sillas, parece, porque los peces nunca se sientan.
Desfilaron cientos de miles de millones de milloncitos de millonzotes de peces y bicharracos de toda clase para ver el gran número del Circo.
Martín no se dejaba domar así nomás, pero ya se estaba cansando y tenía mucha sed, es decir, ganas de tomar un poco de aire.
Peleaban duro y parejo, y Martín ya iba a darse por vencido cuando de pronto se oyó en el Circo la siguiente palabra mágica:
–¡Pfzchztt!
A pesar de que esta palabra mágica había sido pronunciada muy bajito, su tono fue tan autoritario que el público hizo un silencio impresionante. Las ostras se quedaron con la boca abierta, y todos miraron hacia la entrada.
El Delfín Domador Pirulín se quedó quieto, dejó de domar a Martín, se quitó la gorra e inclinó la cabeza. Martín se preguntó:
–¿Y ahora qué pasa? ¿No me doman más?
Se escuchó otra vez una voz muy suave y chiquita que dijo:
–¡Pfzchztt!
Y todos, silenciosa y respetuosamente, le abrieron paso a la dueña de la voz.
Martín, que era muy educado, también se quitó el gorro y saludó.
Entraba en la gruta, lenta y majestuosa, una Mojarrita con corona de malaquita y collar de coral.
–¿Quién será ésta, que los deja a todos con la boca abierta?, se preguntó Martín.
El Delfín Domador Pirulín le adivinó el pensamiento y le dijo al oído:
–Es Su Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón.
–Ah, comentó Martín, ...me parece cara conocida.
La Reina Mojarrita se acercó a Martín y le dio un besito, ante el asombro y la envidia de todos. Martín se puso colorado y no supo qué pensar de todo esto.
Después de un largo y misterioso silencio, la Reina habló, con una voz tan chiquita que tuvieron que alcanzarle un caracol como micrófono.
Y dijo así:
–¡Pfzchzit! Yo, Mi Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón, ordeno: ¡Basta de domar al Martín Pescador! ¡Basta, requetebasta, y el que lo dome va a parar a la canasta, y el que sea domador va a parar al asador!
–Gracias, Majestad, tartamudeó Martín emocionado.
–¡Pfzchztt!, prosigo, interrumpió la Reina; Martín me pescó una vez, hace un mes o cinco o tres, cuando yo era chiquita y me bañaba en camisón en el Río Samborombón.
–Claro, dijo Martín, ya me acuerdo, con razón me resultaba cara conocida, Majestad...
–¡Pfzchztt!, prosigo, interrumpió la Reina; Martín me pescó, pero le di lástima y, sin saber que yo era Princesa, volvió a tirarme al agua. Ahora yo quiero devolverlo a la tierra, y lo enviaré en mi propia carroza lleno de regalos y paquetitos.
Y así fue como Martín volvió a su playa en una gran carroza tirada por 25.000 tiburones disfrazados de bomberos, mientras la banda de langostinos tocaba un vals, las ostras le tiraban perlas y el Delfín Domador Pirulín le hacía grandes reverencias.
Martín volvió a su casa y, como no era mentiroso, todo el mundo creyó en su aventura.
Lo único que no le creyeron del todo fue que Su Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón no sólo le hubiera dado un besito al reconocerlo, sino que le había dado otro besito al despedirlo.

Y así llegamos al fin de la historia de Martín con el Delfín Pirulín.

 

 

 

Inicio

 

A ver

Al divino botón

Alba de olvido 

Angelito

Angelito mexicano 

Aria del Salón Blanco

Así es

Baguala de Juan Poquito

Balada de adolescencia 

Balada de Cómodus Viscach

Balada de Hormigón Armado

Balada de Julián Cardoso

Balada de la mariposa

Balada del bebenauta

Balada del desertor

Balada del ventarrón 

Barco quieto

Calles de París

Campana de palo

Canción de bañar la Luna o [Japonesa]

Canción de caminantes

Canción de costurera

Canción de cuna para un gobernante

Canción de cuna perruna

Canción de la lavandera

Canción de la monja en bicicleta

Canción de la vacuna

Canción de las manzanitas

Canción de prisionera

Canción de títeres

Canción de Titina

Canción de tomar el té

Canción del correo

Canción del estornudo

Canción del jacarandá 

Canción del jardinero

Canción del pescador

Canción del último tranvía

Canción dibujada

Canción neurótica

Canción para comer puré

Canción para vestirse

Canción robada

Canción tonta

Cantar canciones

Chacarera de los gatos

Chamarrita de Colonia 

Codo enyesado

Como la cigarra

Coplas de Navidad 

Cosas

De mis tiempos 

Dejen vivir

Desastres

Diablo, ¿estás?

Dienteflojo

Don dolón dolón o [La señora Noche]

Don Enrique del Meñique

Don Fresquete

Doña Disparate

Dónde están los poetas 

Educación sexual 

El 45

El adivinador

El árbol de guitarras

El buen modo

El charango

El cisne que ladra

El diablo inglés

El gato Confite

El juglar

El mono moto loco

El país de la geometría

El pañuelito

El pastel de pajaritos

El perro loquito

El pez tejedor

El Reino del Revés

El señor Juan Sebastián

El señor Otoño

El señor Ravel

El show del perro salchicha

El Sol no tiene bolsillos

El valle y el volcán 

El vendedor de sueños

El viejo varieté

En el país de Nomeacuerdo

Endecha española

Estaciones

Eva

Fideos finos

Gilito del Barrio Norte

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka

Juancito Volador

La bruja

La Calle del Gato que Pesca

La canción de la sirena 

La ciudad de Brujas

La clara fuente 

La escuela de ratones

La familia polillal

La feminista

La Juana

La mona Jacinta

La oportunidad

La paciencia pobrecita 

La Pájara Pinta

La Plapla

La ratita Ofelia

La Reina Batata

La sirena y el capitán

La vaca estudiosa

Lancero de bengala

Las aguasvivas

Las estatuas

Lengua filosa

Londres

Los amigos

Los castillos

Los ejecutivos

 

 

 
 

María Elena Walsh

 

 

 

godaddy analytics